Los esbirros de Brassaï

Brassaï es uno de los grandes. Uno de los fotógrafos de los países del este que llegaron a París para enseñarnos a todos que la buena vida sólo era posible con el trabajo. La fotografía Dos esbirros de Alberto el Grande forma parte de sus famosos trabajos nocturnos por la ciudad de la luz. No puede ser más sencilla y más inquietante. Dos tipos duros mirando fijamente a la cámara y nada más. No quisiera pasar por ahí.

Brassaï es un seudónimo de Gyula Halász, en homenaje a su ciudad de nacimiento, Brassó. De familia culta y acomodada, estudió Bellas Artes (de nuevo un fotógrafo pintor, y ya son muchos. Algo querrá decir). Pero pronto le pilló el gusanillo de la fotografía. Y profundizó en algo que no se había hecho hasta entonces: la fotografía nocturna de París. Como dijo su amigo Henry Miller, adicto a la noche:

Es un ojo vivo. Su mirada posee una veracidad que lo abarca todo y que convierte al halcón y la tiburón en centinelas que se estremecen ante la realidad

BrassaiII

Para hacer algo semejante no había que amar sólo a la fotografía. También había que saber desenvolverse en un ambiente que algunos califican de poco seguro y otros lo ven fascinante. Brassaï estaba enamorado de la noche y sus criaturas:

La noche sugiere, no enseña. La noche nos encuentra y nos sorprende por su extrañeza; ella libera en nosotros las fuerzas que durante el día están dominadas por la razón…

Dejó su prometedora carrera de pintor, según le auguró Picasso, y se abandonó a la nocturnidad de la mano de Matisse, Breton, Mann, Dalí… personajes de la noche parisina que podemos encontrar inmortalizados junto con el protagonista de la maravillosa película de Allen Medianoche en París. Tan bueno era, que efectivamente hizo las primeras fotografías de las esculturas del genial malagueño.

De sus idas y venidas por la noche le llovieron las alabanzas y las colaboraciones con los surrealistas, gracias a sus trabajos con las cosa pequeñas, como los billetes de metro o las cajas de cerillas. Era admitido por el grupo, pero él nunca se sintió miembro:

Siempre tuve la ambición de mostrar un aspecto de la vida cotidiana de la ciudad como si la descubriéramos por primera vez. Eso es lo que me distingue de los surrealistas.

Pero no nos desviemos del tema que estamos tocando hoy, la noche de Brassaï. Hizo lo que siempre se recomienda a los fotógrafos que empiezan: dedicarse a un tema en cuerpo y alma hasta la extenuación. A él le gustaba la noche. Y empezó a investigar: buscó emulsiones, tablas de exposición… Y salía con su cámara y su trípode de madera a buscar la lluvia y la niebla para tapar las fuentes artificiales de luz, que tapaba con los árboles cuando hacia buen tiempo.

Pero no solo de paisajes vive el hombre, así que empezó a fotografiar a los furtivos de la noche, a los habitantes de lo prohibido, pues entonces la noche era el escenario del mal. Prostitutas, mendigos, borrachos pasan delante de la cámara del maestro mostrándoles sumo respeto. Él nunca los juzga, simplemente los retrata. No tiene intención de convertirse en juez. Sólo quiere mostrar otra forma de vivir.

Con todo el trabajo que realizó con su Voigtländer publicó dos libros, Paris de nuit y Le Paris secret des annes 30. Y al segundo libro, si no me equivoco, pertenece esta foto. Que evidentemente tiene truco. Es imposible que Brassaï no fuera amigo de estos dos chicos que nos miran amenazantes. La toma es nocturna, luego la cámara está en un trípode. La luz que vemos es de una farola y está situada en tres cuartos, como señala el triángulo en la mejilla. Pretende ser una instantánea, pero es un retrato muy pensado, muy moderno, muy potente, muy del cine negro de la época.

Fue el primero que pensó en los bajos fondos como un tema fotográfico. Pero la gran diferencia con los que vinieron detrás es que él era amigo de todos y nunca, jamás, buscó la moralina. Sólo nos enseño que en las sombras, si la buscas, también hay luz.

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