Sobre la fotografía del niño ahogado

Llevo dos días con el estómago revuelto por culpa de una fotografía demasiado cruda, demasiado real. Y todo porque el protagonista es un niño ahogado. Un niño que ha muerto en un naufragio. Un niño que iba con sus padres huyendo del infierno. Y parece que todos se lavan las manos.

La fotografía que me duele mirar parece que está azotando a la sociedad. En las redes encontramos miles de referencias, gente indignada, a favor o en contra de su publicación. Pero nos enteramos de la mitad. Incluso me apostaría que mucha gente reconoce la foto si la enseñamos por la calle pero pocos serían capaces de explicar lo que pasa realmente, y se quedarán en la superficie, en el primer impacto que parece que es el que cuenta. A lo mejor cogerán más fuerte a los niños de su alrededor en cuanto les vean, pero a estas alturas de la película poco durará el impacto. Espero que no, pero no confío en absoluto en que las cosas cambien.

El niño se llamaba Aylan y tenía tres años. Sólo tres años. Por culpa de la guerra en su país, Siria, -que ha alcanzado dimensiones internacionales por la entrada del Estado Islámico-, sus padres tuvieron que huir de cualquier forma para llegar a la isla griega de Kos, pasando por la costa turca. Allí fue donde las lanchas neumáticas de los traficantes se hundieron y acabaron con la vida de la mayoría de los  treinta pasajeros, entre ellos Aylan. Su hermano de cinco años también falleció.

Misión de la fotografía

Las fotos de la indignación de la semana 36 del año 2015 son de Nilufer Demir. Y ha conseguido unas fotografías impactantes. No sé si le costó mucho llegar a la costa, si lloró al ver la situación y se llevó la cámara a los ojos como escudo. Ignoro si en su entorno familiar hay un niño pequeño al que abrazó más fuerte aquel día. Sólo sé que estuvo ahí -la fotografía es real- que se llevó la cámara a los ojos y que disparó para que todo el mundo pueda ver lo que está pasando.

Esa es la misión de la fotografía: documentar la realidad. Lo sabemos de sobra. El fotógrafo ha sabido aislar muy bien al niño en la playa para universalizarlo.

Podemos leer los libros y los ensayos sobre el tema en cuestión, sobre la ética de la fotografía del horror. Remitirnos a Goya. Y siempre encontraremos grandes frases y grandes pensamientos. No hay más remedio que acudir, por ejemplo a Ante el dolor de los demás de Susan Sontag o al documental War photographer para intentar entender por qué alguien es capaz de fotografiar estas cosas que nos rompen el alma sin volverse locos.

Muchos no estamos capacitados. Llevar la cámara en esos momentos nos supone transportar una carga demasiado pesada que nos hunde. En el 11 de marzo de Madrid, poco pude hacer. En los campamentos de refugiado de la República del Chad sólo fue capaz de sacar la cara amable, después de llorar sin parar. Por eso admiro a los fotógrafos que utilizan la cámara como escudo que son capaces de aislarse y disparar en esos momentos.

¿Sirve para algo?

En nuestra sociedad, saturada de imágenes, es difícil que alguna fotografía resalte sobre las demás. La imagen de un niño -con aspecto occidental además- ahogado en la orilla del mar ha desatado todo tipo de reacciones. Y muchos nos quedamos sin palabras.

Lo mismo pasó con la fotografía de la semana pasada, un camión con 71 muertos en su interior, o la del preso de Guantánamo, o la del niño muerto de miedo con los pantalones manchados por la presencia de un soldado, o la de la mujer con un hombre en su regazo como la Pietá de Miguel Ángel, o la de la niña colombiana que nos mira desde su futura tumba de agua, o la del hombre que se precipita desde las torres gemelas, o la niña que corre envuelta en las llamas transparentes del napalm…

Pronto se olvidan las fotografías, probablemente hasta que aparece otra más tremenda o más moderna. Nos dicen que nuestro mundo tiene que cambiar pero pocas veces se consigue.

Pronto se olvidan las fotografías, probablemente hasta que aparece otra más tremenda o más moderna.

Cuentan que la foto de Nick Ut sirvió para forzar el fin de la guerra de Vietnam; o que la imagen del niño observado por un buitre recaudó tanto dinero que durante un tiempo se pudieron solucionar bastantes cosas.

Antes he dicho que la fotografía sirve para documentar la realidad. Pero me empiezan a entrar dudas cuando las normas son distintas según el sitio en el que hayas nacido.

Si eres occidental de clase media o alta y blanco puedes defender tu derecho de imagen. Si se te ocurre fotografiar a un hombre blanco que ha robado o estafado y es detenido, el propio implicado puede denunciar y solicitar que jamás nadie parecido a él quede retratado en el momento de entrar en el coche policial. O si alguien fotografía a nuestros hijos jugando puede salir escaldado porque tienen derecho a la intimidad, o igual si eres carne de las revistas del corazón, aunque vivas de ellas.

Pero si eres un migrante de los países orientales, o vives en un campamento de refugiados da igual que estés desnudo o muerto. Te van a sacar sí o sí sin la cara pixelada, porque existe la necesidad de conocer la realidad.

Conclusiones sobre la fotografía del niño ahogado

Creo que es una foto necesaria, pero dudo que sirva para cambiar las cosas. A lo sumo las Naciones Unidas dará un discurso pomposo, los dirigentes europeos se reunirán con carácter urgente dentro de quince días y mientras tanto la gente seguirá muriendo en Siria o en cualquier rincón del mundo.

Es una imagen que deja destrozado a cualquiera con un mínimo de humanidad y quizás esa era la intención  del fotógrafo, despertar conciencias. Sin embargo no creo que nadie haya preguntado a los familiares. No se les ha tenido ningún respeto y todo porque sólo era una de cientos. Ese día, ahí mismo, también estaba muerto su hermano de cinco años. Esta foto servirá para que de vez en cuando nos acordemos de él y nos olvidemos de los demás y del drama sirio.

Imaginaos si la foto fuera en las orillas del Sena o en el Danubio a su paso por la Europa todopoderosa. No sólo nos indignaríamos los de siempre. Algunos hasta se cabrearían, y todos los dirigentes se harían fotos en Twitter con un cartel para erradicar ese atentado contra el bienestar social. En los tiempos que corren ni la terrible imagen de un niño muerto parece levantar la conciencia de los poderosos. Además, lo importante es eso, que un niño ha muerto. Lo demás son banalidades.

 

4 comentarios sobre “Sobre la fotografía del niño ahogado”

  1. No se puede decir más y mejor de un hecho tan terrible. Todos somos culpables…los que lo han provocado especialmente, pero también todos los que miramos sin hacer nada. En cuanto al fotógrafo creó que cumplió con su deber de levantar acta de un hecho tan brutal. Solamente me gustaría saber si también sufrió al hacerlo. Gracias por tu dolorido artículo. Mariarosa

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