Seguro que para responder esta pregunta mucha gente ha empezado a enumerar todas las cámaras del mercado que conoce y que le gustaría tener en el bolsillo o que ya tienen la suerte de poseer. Seguro que muchos habéis pensado en la Nikon D810, o la Canon EOS 1Dx, o la Sony RX1… y así hasta el infinito. Pero están equivocados, pues la mejor cámara del mercado es la que tiene cada uno.

Desde la vorágine digital es normal que cada tres meses salgan al mercado nuevas cámaras que superan a las anteriores y que a todos, a mi el primero, se nos pongan los dientes largos y creamos que es fundamental comprárnoslas para lograr mejores fotos.

Estas nuevas máquinas prometen más nitidez, mayor resolución, una mejor representación de los colores (exactamente lo mismo que sus antecesoras en los escaparates). Puede que hasta las de la última hornada vibren. Pero siento decirlo tan claro: ninguna nos va a hacer mejores fotógrafos. La mejor es la nuestra hasta que se estropee.

Comprar una cámara mejor o más moderna puede suponer una mayor calidad técnica, un ruido menor con ISOS altos o una reproducción del color más fiel, pero jamás conseguirá mejores fotos que las que hacemos ahora con nuestra máquina. Ella no hace nada por nosotros, sólo el registro de nuestro trabajo. Graba nuestra disparo, pero nunca nos dice dónde y cuándo debemos mirar.

Mucha gente se compra cámaras con un generoso sensor y millones de píxeles que jamás utilizará, pues pocas veces hará ampliaciones en papel de más de un metro. O con una reproducción de color mejorada para verlas en un monitor de 200€… Y desprecia la cámara que tiene sólo porque es compacta o porque en el último curso que ha hecho le han dicho que no es buena.

En esta época digital que nos ha tocado vivir estamos enganchados a los avances de la tecnología. Cada día nos asombramos más de las nuevas cámaras que están por venir (que si van a tener 50 Mp, que si por fin llegarán a los 16 bits reales, que si conseguirán una fidelidad del color inaudita gracias a la combinación de tres sensores sensibles cada uno al espectro de un color…) pero jamás -es algo que no se puede decir con rotundidad- tendrá la capacidad de adelantarse a los acontecimientos, o será capaz de discernir una buena luz, o se dará cuenta de que la verdadera foto está a nuestras espaldas.

El buen fotógrafo no es el que depende de la máquina, sino el que sabe mirar y aprovechar las virtudes (y conoce sus defectos) de la cámara para conseguir un buen disparo.

El buen fotógrafo no es el que depende de la máquina, sino el que sabe mirar y aprovechar las virtudes (y conoce sus defectos) de la cámara para conseguir un buen disparo. Si logramos alcanzar este punto tendremos ganado el cielo de los fotógrafos.

Una forma de distinguir a un buen fotógrafo de un gran técnico es preguntarle por su percepción de la fotografía. Si su cámara ocupa más del 75% del discurso, no hay lugar a dudas: cree más en la tecnología que en la búsqueda de su estilo visual. No quiero decir que esto sea bueno o malo, simplemente es una forma de distinguir dos maneras de entender la fotografía: como algo meramente mecánico (sería mejor decir digital) o como una forma de mirar el mundo.

¿Y si no hay que buscar la mejor cámara?

¿Y toda esta reflexión para qué? Simplemente para animar a todos los fotógrafos que quieren comprarse una nueva máquina a preocuparse más por ver fotos que catálogos o escaparates inundados de cámaras que se quedan obsoletas en dos meses. Para decirles que la única forma de mejorar es salir con nuestra cámara a la calle o al campo y disparar sin parar, pero pensando cada disparo.

Y que sólo cuando noten que sus cámaras no dan más de sí, o les impide conseguir sus objetivos, será el momento de cambiarla. Por supuesto cuando estén rotas o las hayamos perdido. Y que nunca una cámara hará al fotógrafo.