Escuela EFTI

Adiós EFTI, te echaré de menos

El sábado leí la noticia del cierre definitivo de EFTI, la escuela donde hace años estudié fotografía. Se esfuman de golpe muchas cosas y como sucede en las despedidas, solo quedarán los recuerdos.

Cuando empezó la crisis internacional de 2008, la vida me cambió. Pasé de tener una agenda repleta a perder los trabajos más importantes en muy poco tiempo. Y decidí aprovecharlo. En 2010 me apunté a mi sueño imposible, que era cursar el máster de documental de EFTI. Y cambió mi vida de fotógrafo.

Es triste lo que ha pasado. Me da pena por la gente que trabajaba allí, desde las personas que te atendían en la recepción, los que organizaban el material del almacén, la gente de la limpieza, todas las de secretaría… y por supuesto los profesores y los alumnos.

Allí aprendí sobre la fotografía, pero sobre todo conocí a mucha gente a la que me encanta volver a ver. Y me di cuenta de otras cosas que te devuelven a la realidad. La experiencia fue positiva, y la volvería a repetir sin duda.

Cómo entré en el máster de documental de EFTI

Tenía entonces dinero y mucho tiempo libre. Cortaron el contrato de fotógrafo aéreo, desapareció la consejería de inmigración en la que estaba de fotógrafo, cerraron la revista de la Comunidad en la que publicaba… hasta quebró la galería que me llevó a Nueva York.

Decidí entrar por fin en la escuela de mis sueños, por los profesores que tenía y la formación que prometía. Tenía que aprovechar el parón para aprender más.

Así que me informé y mandé el dosier que pedían, para ver si tenía el nivel necesario para el máster. En apenas cinco minutos tuve el visto bueno, lo que me sorprendió mucho. Por la rapidez y porque uno siempre se pone en lo peor. Esta es la carta de intencionalidad que envié:

Llevo años soñando con la fotografía. Desde que mi abuelo me contaba sus batallas con una pequeña cámara de fuelle que compró en su viaje de bodas a la exposición universal de Barcelona de 1929. Desde que mi padre me dejaba su cámara réflex en los viajes que hacíamos toda la familia. Desde que vi la exposición de Cristina García Rodero en el antiguo museo de arte contemporáneo de la Complutense. Desde que me hice fotógrafo autónomo para trabajar día a día en un medio que me ha dado más alegrías que tristezas. Me ha permitido viajar a Nicaragua o atravesar África volando, conocer a los grandes, a Saramago, a Luppi, a Coppola, al que duerme en la calle y al que le ayuda, o poder recordar toda la vida como mi hija conoció el mar. En definitiva, amo la fotografía. Mi trabajo es mi afición. Quiero hacer el curso para mejorar, pues me queda mucho por aprender. Quiero hacer el máster para abrirme más puertas en esta época de crisis, conocer más gente del medio. En definitiva, quiero avanzar en mi trabajo y a ser posible, no dejar de disfrutar.

Todo se aceleró e ingresé el dinero desorbitado que costaba ya por aquel entonces, con la seguridad de entrar en una escuela privada de prestigio. Hubo gente que no me recomendaba gastar semejante cantidad de dinero en formación y aprovecharlo para material, pero ahora pienso que fue una buena inversión.

Los tristes meses fotográficos en la escuela

Si no recuerdo mal, era el abuelo autónomo de las clases. Y muchos alumnos eran jóvenes con ganas de pasárselo bien. Demasiado bien para alguien que ya tenía una hija, una hipoteca y una vida feliz al lado de su pareja.

Ya llevaba muchos años con la cámara al hombro, daba ya clases en distintos lugares y tenía callo en el índice. Me lo pagaba yo y era el lugar en el que quería estar. Así que fui, como se decía en los ochenta, a mi bola.

La realidad golpeó mi vida, y en aquellos meses mi padre murió de una terrible enfermedad. Seguí adelante. En cierta manera, la fotografía me ayudó a superar el dolor.

Aquel año conocí a Isabel Muñoz. Días después de volver, ella me reconoció en su taller como hijo de mi padre. Él siempre me decía que la conocía, y nunca le creí. Fue el regalo que me hizo.

Al final entregué un trabajo fin de máster dedicado a mi padre. No gané, pero me quedo con todos los aplausos que me llevé y las felicitaciones de muchos compañeros.

¿Volvería a EFTI?

La vida da muchas vueltas. Pero volvería a hacer un máster en aquel lugar, si tuviera dinero. Y lo aprovecharía más, por supuesto. Trabajaría el doble, e intentaría hacer más vida social, para darme a conocer, algo fundamental en esta profesión.

Guardo buenos recuerdos de aquel año. Aprendí mucho de los buenos profesores. Seguro que se me olvida alguno, pero la lista es impresionante: el gran Jorge Salgado, el inclasificable Miguel Oriola, mi admirado Navia, el inolvidable Gervasio Sánchez, el adorable Carlos de Andrés, el elegante Amador Toril, mi querida Cristina García Rodero, mi admirada Isabel Muñoz, el pensador Eduardo Momeñe, el enorme Tino Soriano, Paco Junquera el grande…

Es verdad que la fotografía no se aprende en un curso, pero hacerlo te abre la mente y te da contactos. No me gustó que el trabajo de fin de curso fuera un libro, pues considero que algo así no se puede hacer bien en unos pocos meses. Sin embargo, tengo que reconocer que el mío me ayudó a llevar mejor la tristeza.

Lamento que desaparezca así. Parece que pocos estaban de acuerdo con el camino financiero que estaban tomando desde la dirección. No tiene sentido cerrar las puertas para siempre una noche sin avisar. No es elegante ni es el final que se merecía esta escuela.

Espero que se solucionen los problemas de los trabajadores y de los alumnos y que algún día leamos en los periódicos que nace una nueva escuela de fotografía. Siempre será algo necesario. Que la luz sea buena siempre.

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