Llevo muchos años ya esperando la llegada de Photoespaña, puntual como el verano. Y pese al calor reinante, este año me deja frío- perdón por el juego fácil-.
Este año el tema es el retrato, como bien se ha leído en todos los periódicos. Bien, estamos es un festival internacional de fama reconocida. ¿Seguro que es imposible traer una retrospectiva de una figura clásica del mundo del retrato? Un Avedon, un Penn, un Cartier Bresson -por decir los más evidentes- para regocijo del público en general. Parece ser que no. En esta vida hay que tener la suficiente entereza intelectual para caer desmayado ante los totémicos retratos de Ruff, materialización de las máscaras contemporáneas que en su tiempo inmortalizaron los dramaturgos griegos y que utilizaron los actores del teatro japones kabuki. Esos rostros inexpresivos que no hablan del retratado, sino del autor que sólo busca la objetividad en la representación, fruto de arduas sesiones con sus maestros, el matrimonio Becher, de la escuela de Düsseldorf…
Pero quitemos el traje al emperador, y aunque a algunos se les caiga la boina y se les indigeste la última delicatessen que se han traído ex-profeso de Dinamarca, estos fotógrafos son pictorialistas del siglo XXI que justifican sus obras por el gran tamaño y la frialdad más absoluta, atrapados sin más en una técnica perfecta realizadas con cámaras de banco. Sin el tamaño no son nadie, además no podrían vender tan caro. Y la tomo con Thomas Ruff pues está exponiendo ahora y acaba de recibir un premio, ¿sinceramente no son fotos carnet realizadas por una máquina ampliadas exageradamente? Si os soy sincero, prefiero que la foto del DNI me la haga el fantasma de Vieitez, que estará más viva.
Este año, y la sensación viene de lejos, Photoespaña está montada para las élites intelectuales fotográficas. Van de modernos, pero se repiten con los estereotipos de la modernidad y con un tópico demasiado humano: grande, ande o no ande. Y la fotografía no se populariza así. Aunque algunos les pese, fotos hace todo el mundo, y es fundamental una buena educación visual desde los cimientos. De nada sirven los Becher, sin haber llevado a la gente de la mano a Atget -en la fundación Mapfre y fuera de Photoespaña-, o a cualquier clásico que la gente de la calle desconoce. Por llevar el símil a la literatura, si no enseñas La isla del Tesoro a los niños, nunca leerán a Cortázar, o tendrán menos posibilidades de llegar a disfrutarlo.
Afortunadamente hay excepciones como los retratos de Al Fayum en el Arqueológico, pero ni siquiera es fotografía, aunque sí fuente de inspiración. Es curioso que una de las obras cumbres del arte se exhiban en un museo en proceso de rehabilitación, en un pequeña sala, después de pasar los andamios de la entrada.
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