Por circunstancias de la vida profesional, he tenido la suerte de cartearme con Joel Tjintjelaar, el padre de la fotografía arquitectónica fine art. Ha dado un taller en España, en Madrid y Barcelona. Y me agradeció cualquier sugerencia arquitectónica para fotografiar mi ciudad. He aquí la respuesta que me hubiera gustado darle.

Que un fotógrafo de la talla de Joel Tjintjelaar venga a fotografiar Madrid llama mucho la atención. Puede que no le guste a todo el mundo, pero si estás dentro del circuito de los concursos internacionales, verás que su obra es fuente de inspiración para muchos.

Cuando ves esas limpias fotografías arquitectónicas en blanco y negro, en el que el cielo es negro, los encuadres están muy cerrados, y las luces y las sombras parecen sacadas de un cuadro de Caravaggio, estás ante un inspirado por la forma de mirar de Joel Tjintjelaar.

Su técnica digital es muy compleja, con numerosos pasos y múltiples capas que pueden desesperar a muchos. Pero una vez entiendes las claves, todo termina saliendo.

Su forma de ver la arquitectura moderna ha marcado la estética actual de la fotografía en blanco y negro. Y que haya venido por estos lares va a provocar que mucha más gente quiera venir con su cámara a buscar lo que él ha visto.

En algún momento escribiré un artículo (o varios) sobre su técnica, sus paneles para Adobe Photoshop. Pero hoy quiero quedarme en su forma de mirar, en su estilo.

¿Qué es lo que debemos fotografiar?

Creo que es una de las preguntas fotográficas más difíciles que pueden hacerme. Y si encima es tan concreta como qué se puede fotografiar en Madrid, una de las ciudades más bonitas del mundo que conozco, a pesar del virus de la turistificación que está sufriendo.

Me siento incapaz de decir a cualquiera qué es lo que merece ser fotografiado. Depende de tantas cosas que dudo mucho que mi respuesta fuera buena o satisfactoria.

Hay muchas cosas para fotografiar, desde un papel tirado al suelo hasta los monumentos más populares de la ciudad. Depende de lo que quieras mirar.

En el caso de Madrid no es lo mismo andar por el centro que perderse en el Puente de Vallecas para encontrar un antiguo palacio decadente modernista del que nadie quiere acordarse; o ir al barrio Salamanca para encontrar la iglesia brutalista del Rosario que muchos arquitectos visitan extasiados y poca gente ha fotografiado.

No sabría qué recomendar. Lo fácil sería el polémico estadio Santiago Bernabéu, pero por qué no apostar por el estadio del Atlético de Madrid. Lo más llamativo, cuando llegas en avión, son las cinco torres del final del Paseo de la Castellana, pero cómo olvidar la torre Castellana 81 de Saénz de Oiza o sus Torres Blancas…

Madrid es un caos insustituible que obliga al fotógrafo a perderse por sus calles con la cámara al hombro con el único objetivo de mirar sin parar. No tiene un edificio que realmente identifique a la ciudad.

No podemos caer en el síndrome fotográfico con la lista de los diez mejores edificios para lograr más likes que nadie en las redes. Es una tendencia que convierte a las ciudades en un reclamo turístico que no beneficia a nadie. Y que no ayuda a la fotografía en absoluto.

La mirada libre de un fotógrafo

Por supuesto que podemos decir lo que más nos gusta, y será perfecto para unos cuantos más. Pero es imposible decidir qué ver en una ciudad como Madrid.

Me encantaría haber llevado a Joel Tjintjelaar por mi visión de Madrid, pero dejaría de hacer su trabajo y no encontraría su estilo.

Probablemente, no sacaría la cámara ni una sola vez, porque cada fotógrafo tiene su propia forma de mirar el mundo. Lo que a mí me interesa no tiene que impulsar necesariamente al que también lleva una cámara.

Y esto es algo que deberíamos tener en cuenta si queremos avanzar. El eterno problema de los fotógrafos que empiezan. Confundir las referencias con la imitación pura y dura. Y buscar tus obsesiones fotográficas en los demás.

Los edificios que ha estado fotografiando no coinciden con la que hubiera sido mi propuesta. Y es perfecto, porque me ha permitido descubrir otra forma de mirar. Por ejemplo, dentro de poco me pasaré por el mercado de Barceló cuando vaya al museo Municipal.

Y si encuentro algo que me llame la atención en el entorno, sacaré la cámara y tendrá de fondo este mercado remodelado en 2009. Pero no buscaré los puntos de vista que ha enseñado a sus alumnos. Eso es algo que ya está hecho. Si lo repito, no será más que una postal de recuerdo.

La visión de un fotógrafo no tendría que cambiar por el lugar en el que está. Los espacios cambian, pero tenemos que conservar nuestra forma de ser y de mirar. Solo así encontraremos un estilo propio.

Conclusión

Así que la respuesta que me hubiera gustado darle a Joel Tjintjelaar es que cada fotógrafo debe hacer lo que le apetezca, por supuesto. Y que mi forma de ver Madrid, poco tendría que ver con la suya.

Podría haberle invitado a ver el museo del Prado antes de llevarse siquiera la cámara al ojo, perderse por la zona de los Austrias y detenerse cuando la luz contara algo.

No tenemos la misma edad, tampoco venimos del mismo lugar, ni tenemos las mismas experiencias. Aunque creo que hay más cosas que nos unen que las que nos separan. La fotografía es casi un lenguaje universal.

Al final me pasé a saludarle durante el taller. Estaba en la zona de las cinco torres de Azca. Cinco edificios enormes que hicieron las delicias de los alumnos que no conocían la ciudad.

Ese era uno de los espacios elegidos, y cada uno podía perderse por donde quisiera. Es decir, el bueno de Tjintjelaar no quería que todo el mundo hiciera lo mismo, sino descubrir una forma de mirar y trabajar.

Y por supuesto, una serie de consejos técnicos para entender su flujo de trabajo. Como buen profesor, no hay nada impuesto y cada uno se queda con lo que considera necesario. Y esa es la clave para aprender. Me da la sensación de que no pensamos tan distinto.