No hay nada más peligroso que un fotógrafo autodidacta convencido. Aquellos que niegan referencias o se jactan de no haber acudido nunca un taller, hacen fotos gracias a su dominio de la técnica, nada más alejado de la creación y nada más mecánico que eso. Crean fotos en serie, vacías, gracias a unos efectos prefijados por los programas de edición.

El oficio del fotógrafo es solitario. Algunos de los mejores profesores que he tenido, como Cristóbal Hara o José Manuel Navia, huyen e incluso llegan a repudiar toda compañía posible cuando trabajan. Sin embargo, durante sus cursos abrumaban con continuas referencias a las que podíamos acudir en función de nuestro estilo. Y conocían a todos los que nombraban.

Un buen fotógrafo es aquél que hace un trabajo profesional, que sigue una línea, un estilo. De nada sirve ser una persona que hace fotos sueltas y bonitas, eso se lo dejamos a los aficionados. Lo complicado es escribir una historia a partir de imágenes, de ahí que resulte inútil dejar todo al azar de los programas de edición. Y es aquí donde se vuelven imprescindibles las referencias a las que aludía. Si conoces el discurso de Duane Michals, de Ernst Hass, de Harry Callahan o de Helmut Newton, las ideas y las ocurrencias fluirán por tu cabeza, y mejorarás.