Con este sugerente título, la fundación Mapfre ha organizado en su nueva sede del paseo de Recoletos de Madrid, una serie de encuentros con algunos de los más destacados, y dispares, fotógrafos españoles de los últimos tiempos. Estas son las impresiones que me han causado.
Falté a la primera, la de Alberto García Alix, un referente fundamental para más de uno (uno de los fotógrafos conferenciantes, le citó y alabó tanto al saber que estaba en la sala, que el propio Alberto no dudó en abandonar la sala visiblemente agobiado) y bastante que lo siento. Es uno de los fotógrafos más centrados en reflejar su propio mundo sin resultar en ningún caso redundante ni pesado.
Ouka Leele, cuya obra no es santo de mi devoción, llevó como acompañante a un fiel escudero que no paró en alabar el buen hacer y bondad de su señora y no parpadeó al afirmar que su foto de un desnudo femenino con un pescado en el trasero era el fiel reflejo de la belleza. Afortunadamente sobre gustos no hay nada escrito. Pero a la señora le gustó, desde luego. Y lo celebró tomándose una mandarina durante el resto de la conferencia.
Chema Madoz es un maestro y un autor que tiene muy claro qué hace y cómo lo hace. Tiene un planteamiento estético que sigue a rajatabla, un mundo interior que le lleva a tener un estilo propio y reconocible, y casi se podría decir que es más escultor que fotógrafo. Ama la luz.
Jordi Socias es uno de los grandes fotógrafos de la transición, un fotógrafo amante del cine, de la música y de las cosas buenas. Un fotógrafo que se ríe de la vida, pues ha sido capaz de sacarle hasta la última gota con todo el respeto del mundo. Y que odia darse importancia.
Ramón Masats es el abuelo. Un abuelo que te cuenta historias que han quedado congeladas en plata y en la historia. Un hombre sencillo con una cámara al hombro que no era consciente de lo que hacía. Un fotógrafo feliz, que recuerda con gran cariño las mañanas de domingo cuando quedaba con los amigos para desayunar, ir luego cada uno por su lado a hacer fotos y quedar antes de comer para tomarse una cervecita para comentar las fotografías que habían hecho. Algunas han pasado a la historia. Y tal vez porque no era consciente de lo que hacía. Se limitaba a disfrutar.
Ricky Dávila es un gran fotógrafo. Es lo que mejor hace.
Mariarosa
A mí esos gatos no me parecen que se rían, me parecen más bien maléficos..pero es que a mi los gatos, menos los recién nacidos, me dan miedo. Estos dos gatos, a los que la magia de la foto ha concedido casi la inmortalidad, debían ser muy listos e intuyeron que estaban posando para un fotógrafo que sabía valorarlos y apreciaba lo que hacía…
Muy interesante lo de las conferencias de los propios fotógrafos; precisamente ayer, en Babelia, Antonio Muñoz Molina en un artículo sobre el pintor Henri Rousseau menciona muy elogiosamente a Jordi Socías.
Ha sido un buen despertar encontrarme con tu nueva hoja de blog. Gracias
admin
Cómo se nota que no te gustan los gatos…