La fotografía ante el horror

Muchos jóvenes piensan que salir a fotografiar el horror, o irse a una guerra como fotoperiodista, es una aventura fabulosa. No es tan fácil y no todo el mundo sirve para empuñar una cámara donde la gente sufre y muere.

Muchas veces, demasiadas, he oído en escuelas y talleres a muchos jóvenes fotógrafos que muestran su absoluta admiración hacia la fotografía de guerra, a documentar el horror en su máxima expresión. Dicen que su máxima aspiración es acudir a un conflicto para fotografiarlo. Pocos de los que lo dicen han visto la realidad, me temo.

Me cuesta mucho reflejar el horror en las fotografías. Por motivos personales nunca lo he hecho. No soy amigo de sacar la desgracia de los demás o su infortunio. Me niego a hacer fotografías a la gente pidiendo en la calle o en situación de desamparo. No me parece justo. Y en este caso critico mucho las fotografías robadas, sin pedir permiso y sin acercarse a la persona a preguntar. Por eso reniego muchas veces en los cursos que doy de los teleobjetivos, pues invitan a la gente a cambiar de acera y retratar a ese pobre hombre que está en el suelo pidiendo sin implicarse en la situación personal del individuo.

Experiencias personales

Y desgraciadamente he vivido el horror con una cámara entre las manos varias veces. Y sólo sé que no quiero volver a sentir algo semejante. Muchas veces intentó hacer las cosas desde otro punto de vista, pero jamás con la idea de reflejar el horror para despertar la compasión de quienes miran.

Hace años de los atentados del 11M. Pero como tantos que lo vimos en directo, no puedo olvidar. Ese día iba a trabajar, con la cámara al hombro, como siempre. Pero todo cambió con las noticias de la televisión. Habían explotado trenes en la estación de Atocha, en la hora punta. Por diversas circunstancias pude ver todo lo que pasó en los trenes desde el principio. Y me quedé bloqueado. No pude hacer fotos a pesar de tener la cámara preparada. Nunca estás preparado para cosas así, salvo que seas una persona con nervios de acero. La sangre, el dolor, los gritos, la incertidumbre, te clavan en el suelo. No es fácil salir del letargo en el que entras, muy similar a cómo lo representan en las películas, cuando el personaje parece entrar en estado de shock.

Otro momento fue en los campamentos de refugiados de la República del Chad. En un viaje que hice para documentar la situación a lo largo de toda la frontera con Sudán, vivimos algunas de las situaciones más duras que recuerdo. Fue cuando me vi rodeado de cientos de niños, en mitad del desierto, cubiertos de polvo, y con la única intención de darme la mano. Al principio me lo tomé como un juego, pero pronto la cabeza se me inundó de realidad. Todos esos niños no tenían padres, pues se los habían llevado a la guerra; muchos tampoco tenían madre, y estaban solos, a merced de los ataques de la guerrilla que los secuestraban para dios sabe qué por las noches, a pesar de los ingentes esfuerzos de las Naciones Unidas. Tuve que irme de allí, en mitad del desierto, a llorar por culpa del horror… Al final volví y algunas de las fotos que hice ilustraron algunas páginas de los periódicos aquellos días.

Admiro a los grandes fotógrafos de guerra, que son capaces de documentar, sin pestañear, el horror de las guerras.

Por eso admiro a los grandes fotógrafos de guerra, que son capaces de documentar, sin pestañear, el horror de las guerras y las situaciones más duras que puede aguantar el ser humano. Desde Robert Capa, pasando por Don McCullin, James Natchwey o el maravilloso Gervasio Sánchez. Ellos tienen otra mirada, y sobre todo experiencia, y ante todo una cabeza lista para reaccionar y no caer en el momento del disparo.

El documental Fotógrafo de guerra, que narra la vida de Natchwey, los libros de McCullin o las clases magistrales de Gervasio Sánchez nos pueden ayudar a entender cómo podemos enfrentarnos a estas situaciones. No es cuestión de empezar a hacer una lista para ser capaz de enfrentarse a estas cosas, pero hay que tener la cabeza bien amueblada para no caer en la locura como le paso a Kevin Carter, o para no volver insensible ante la realidad.

La historia de Kevin Carter

Kevin Carter se hizo mundialmente famoso con la fotografía de una niña acechada por un buitre. Todo el mundo la publicó, todo el mundo la comentó y cuando recibió uno de los premios más prestigiosos del fotoperiodismo, el Pulitzer, empezó a ser criticado. No se sabía si ayudó o no a la niña, si espantó al buitre, o si se limitó a hacer una fotografía que sabía que iba a hacerle famoso.

Es muy esclarecedor la opinión de la directora fotográfica del Times, periódico donde apareció por primera vez la fotografía de Carter:

Recuerdo que tanto Nancy Buirski como yo estábamos incómodas. Si estaban tan cerca del puesto de auxilio y la pequeña estaba en el suelo, entonces, una vez tomada la fotografía -que creo que era una cosa importante-, ¿por qué no había ido a buscar ayuda? ¿Qué se hace en casos como ese? ¿Cuál es la obligación de los profesionales de las noticias que se encuentran con la tragedia frente a ellos? No lo sé; tengo la impresión de que lo humano es inseparable de lo profesional. Si está a punto de suceder algo terrible y puedes evitarlo, si puedes hacer algo por ayudar una vez que has acabado tu trabajo, ¿por qué no hacerlo? Aquello me preocupaba como persona. Lo podría haber hecho, no le habría costado nada…

Eso es lo que pensamos todos. Pero no estábamos ahí. Es imposible saber cuántas personas había alrededor. La fotografía se distingue precisamente por ser totalmente subjetiva, al encuadrar las cosas como queremos que se vean. A lo mejor esa niña estaba rodeada por el personal del banco de alimentos al que se dirigía. A lo mejor el buitre estaba mirando a un animal muerto -algo más probable-… pero Kevin Carter fue capaz de dar ese punto de vista que conmocionó al mundo.

Kevin Carter se suicidó, dicen que por el complejo de culpa de no haber ayudado a la niña. Pero aquí es donde quería llegar.  Llevaba tiempo deprimido, sumergido en un infierno de drogas y alcohol, y con una vida personal destrozada por su personalidad inestable. Las dudas sobre su comportamiento fue la gota que colmó el vaso. Un fotógrafo de guerra tiene que ser como una roca. Alguien que pueda desconectar cuando las cosas están más tranquilas. Y eso es algo que no todo el mundo puede aguantar. Para ser fotógrafo de guerra, médico, cooperante, enfermera… hay que ser especial.

Antes de decidir que quieres fotografiar la cruda realidad, deberías experimentar antes de salir de tu casa, ver si eres capaz de aguantar la presión, si no te desmayas ante la sangre o ante el dolor de los demás. La vida del fotógrafo de guerra no es como la que muestran las películas, así que antes de decidir que quieres ir a una país conflictivo o azotado por el terrorismo, piénsatelo antes. No todos servimos.

2 pensamientos sobre “La fotografía ante el horror”

  1. Buenas…
    Soy gente dura. Pero no podemos olvidar que después de su penúltimo trabajo, Salgado cayó en una depresión enorme de la que sólo consiguió salir después de embarcarse en la recuperación de la finca de su padre.
    Muchas gracias por pasarte y comentar.

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