Cuento de fotografía

Éste es un cuento que escribí hace diez años para una clase de la universidad, y lo creía perdido. Ya me diréis si os gusta:

«En los últimos días de 1826, Niepce pudo, por fin, admirar la vista de su ventana en un papel. Llevaba años escondido entre la alquimia y la oscuridad de su mansión, pero por fin había podido atrapar la luz. Una justa recompensa, y una réplica al motor de fuego que había inventado su hermano, para mover los barcos, sin ayuda de los remos y las velas.

Daguerre acababa de perder en un incendio, en una fría noche, sus  gigantescos dioramas de Roma, la isla de Santa Elena y del templo de Salomón. Eran tan perfectos que el conde de Artois, el futuro Carlos X, tiró una moneda de oro al lienzo para asegurarse de que lo que veía era una mentira. Quería recuperar tiempo y dinero. Niepce era un idealista y Daguerre un empresario.

El científico, perdido en sus fórmulas y pendiente de la plasmación de un bodegón con frutas que se pudrían después de diez horas al sol, formó parte de la empresa que le ofreció Daguerre. Sacarían a la venta el más importante éxito de la codicia del hombre: detener el tiempo para contemplarlo en cualquier momento y ocasión.

Pero todo sigue. Niepce avanzaba con lentitud. Nunca conseguía grabar los colores. Sólo el blanco, el negro y sus matices. Parecía que las cosas eran conscientes de su eternidad. Los bolsillos del hombre espectáculo no entendían estas tonterías y se iban vaciando.

– Quiero resultados, querido amigo. Quiero éxitos. La políticos venían a presentarme sus respetos. A mí, un hombre del pueblo, me aplaudían los de la Academia. La Revolución permitió estas cosas. Y no puedo perder aquellos honores. ¿Me entiende, verdad? Déjese de dudas, y dé forma definitiva a sus… ¿cómo las llama?… sí, a sus puntos de vista. El éxito está a la vuelta de la esquina.

Niepce, en su cuarto oscuro lleno de frascos, papeles, máquinas, lentes y diafragmas soñaba con el retrato perfecto de su mujer mientras extendía el betún de judea en una nueva placa.

– Sabe de sobra, querido colega, que esto es lento. Lo que estamos haciendo es aplicar la sabiduría acumulada de los siglos, y no se puede sacar dinero rápido del tiempo.

– Lo sé, lo sé… Siempre me lo dice. Pero esto es grande. Si estoy con usted es porque estoy seguro de que en el futuro nuestros nombres serán recordados…

El 3 de julio de 1833, una apoplejía mató a Niepce. Daguerre, de luto, y apoyado en su bastón, vio su futuro lleno de ingresos y menciones. Por primera vez se encerró en el laboratorio. Conocía de sobra el funcionamiento de la cámara oscura, y las fórmulas no debían ser muy difíciles. Seguro que podía mejorarlas. Aprovechó el dinero que aún le quedaba para comprar, por puro sentimentalismo (según sus palabras), los folios garabateados a  Isidore, el hijo de su socio,  que estaba convencido de la excentricidad de su padre. Por precaución, compraba la luna cornata, el yoduro de plata, el ácido nítrico y los demás ingredientes siempre en droguerías distintas. El invento era definitivamente suyo.

Los resultados empezaron a hacerse públicos. Daguerre, sin dar explicaciones, se limitó a decir que había capturado la luz, que había detenido su vuelo. Frases pomposas que le llevaron a la Academia, de la mano de los grandes sabios.

El 7 de enero de 1839, el mundo entero conoció, tras el discurso del astrónomo Arago, el daguerrotipo, nombre del proceso que llevaría a Francia y a su inventor, Louis Jacques Mandé Daguerre, a las más altas cumbres del ingenio humano.»

3 pensamientos sobre “Cuento de fotografía”

  1. Muy buen relato. ENHORABUENA!!! Esperamos más que enlacen la ficción con esa otra mirada a la realidad que es la fotografía.

  2. Muchas gracias por el comentario. Seguiré profundizando. Tengo ideas en la cabeza que me están rondando desde hace tiempo…

  3. Está muy bien narrado.., y por lo que veo debe ser uno de los muchos casos que se han dado en la historia de que uno es el que se lleva los honores de otro que es el que en realidad lo ha trabajado y buscado…Ya lo decía Virgilio: «Yo hice estos versos, pero otro se llevó los honores»…

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