Curso de fotografía TC (IV)

El arte de la fotografía tuvo la suerte o la desgracia de nacer en el siglo XIX. Apareció en una época en la que la pintura, la escultura y demás disciplinas llevaban una ventaja de 4 000 años. Se vio obligada a crecer deprisa; y como todos los jóvenes sufrió un tropiezo, no por su culpa, sino por sus impulsivos padres que no podían esperar. A pesar de todo, este error pasó a la historia con el nombre de Pictorialismo, como vamos a ver en este curso de fotografía.

Es una tendencia que muchos quieren olvidar, otros prefieren despreciarla, pero lo que nadie puede negar es que estas fotos son hermosas, pero forzadas. Y lo son porque sus autores, ricos burgueses de finales de siglo, sabían mejor que nadie que era la belleza; no obstante vivieron durante el periodo victoriano: una época en la que se vivía por y para el deleite espiritual.

El objetivo que perseguían estos artistas era conseguir que las fotografías tuvieran el mayor efecto pictórico posible, buscando las fuentes de su inspiración en el prerrafaelismo, corriente que seguía las directrices marcadas por el genio del Renacimiento Rafael de Sanzio. Les faltaba el color,  pero podían trabajar con la composición y los desenfoques.

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Hubo dos etapas. La primera estuvo marcada por la excesiva ampulosidad de las imágenes, mientras que la segunda trató de superar la artificiosidad fijándose en el impresionismo que venía de París. De todas maneras todos intentaron negar la cruda realidad que la fotografía mostraba sin ningún esfuerzo, y de ahí su relativo fracaso.

Todos intentaron negar la cruda realidad que la fotografía mostraba sin ningún esfuerzo, y de ahí su relativo fracaso

Y es relativa su caída porque hoy, a pesar de la cantidad de fotos que muestran el realismo de la crueldad humana (quién no recuerda la foto del niño moribundo acechado por un buitre) y de la  calidad de la fotografía digital, la gente acude en masa a disfrutar de las imágenes de Lewis Carroll, o a emocionarse ante la sensibilidad de la solitaria dama victoriana Julia Margaret Cameron, cuya  exposición en Nueva York en los noventa fue un gran éxito. Estos artistas, junto a D. O. Hill, Edward Steichen o A. Steaglitz, crearon una forma de entender el mundo absolutamente artificial, falsa y demasiado preciosista, pero uno no puede dejar de mirar sus obras y creer que el mundo es maravilloso.

El problema del pictorialismo fue que cayó en manos de demasiados pintores mediocres que se pasaron al nuevo arte y no creaban, se limitaron a imitar y abusar de los complementos para camuflar su incompetencia. Fue víctima de su dificultad, pues bastaba un pequeño fallo en la idea que se quería trasmitir para caer en la ñoñería.

Pero cuando uno contempla una foto de Margaret Cameron, puede percibir su soledad, su sencillez, en fin, la magia de los genios de su tiempo. Si cierras los ojos, es posible que veas a Mary W. Shelley describiendo al monstruo mientras lord Byron escribe historias que contará a sus amantes venecianas; o a lo mejor notas que O. Wilde se está riendo de todos mientras le están haciendo una fotografía.

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