Muerte de un miliciano de Robert Capa

Muerte de un miliciano de Robert Capa es una de las fotografías más famosas del s.XX, la más icónica del siglo más violento. Pocas veces se ha visto la muerte tan cerca y tan dura. Algunos dicen que es falsa, pero por eso no pierde ni un punto de su fuerza.

Robert Capa es un fotógrafo que merece por si solo una novela. Su vida es una de las más interesantes que se han vivido: picaresca, grandes amistades, una historia de amor con una de las actrices más bellas de Hollywood, amor roto por la muerte, borracheras infinitas y algunas de las mejores fotografías de la historia con una Leica y una Rolleiflex en los hombros.

Es un fotógrafo imposible de entender sin la película de 35 mm, un invento de 1925 de Oskar Barnack, que aprovechó el negativo del cine para crear las mejores cámaras que se han inventado jamás, las Leica telemétricas. Por primera vez era posible sacar la cámara a la calle, al mundo, sin tener que cargar con el trípode para asegurarse tomas nítidas. Las pequeñas cámaras Leica, duras como ninguna, llegaron para cambiar el modo de ver las cosas. Y Robert Capa señaló el camino, aunque parece ser que también trabajo con las excelentes Contax.

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Robert Capa, nacido Ernö Friedmann, era un fotógrafo húngaro que por sus ideales políticos, tuvo que huir de su tierra y posteriormente de Berlín, cuando Hitler llegó al poder. Con su compañera Gerda Taro, crearon la figura del norteamericano Robert Capa para conseguir los más jugosos contratos de los periódicos que pensaban que estaban pagando a un famoso americano. Esa pequeña trampa y su encanto inigualable les llevó a cubrir la guerra civil española. Desgraciadamente ella murió aplastada por un tanque en una huida del ejército republicano en Brunete (Madrid). Él no se recuperó de la pérdida, y el resto de su vida la estuvo buscando en todas las mujeres que conoció mientras iba de una guerra a otra, hasta que murió en Indochina víctima de una mina.

Capa afirmaría más tarde que cuando Gerda murió, también su propia vida llegó a una especie de conclusión. No tenía nada que perder y decidió protegerse de ulteriores pérdidas. En adelante, en lo más profundo de su ser se mantendría alejado de su familia, de los amigos, de las mujeres, del dinero y, en definitiva, de la propia vida. Disfrutaría todo lo posible, pero sólo del presente. No habría ataduras ni planes de futuro.

La fotografía de la que estamos hablando aquí, la hizo el 5 de septiembre de 1936. Apareció primero en la revista Vu, pero alcanzó fama mundial cuando se publico en Life. Es una imagen única y representa el horror de la guerra en la fotografía como el Guernica en pintura. Ambas son en blanco y negro, ambas son desgarradoras y son un símbolo contras todas las guerras.

La imagen es de sobra conocida. Un soldado vestido de civil cae por el impacto de una bala sobre la tierra seca, con el fusil en la mano derecha. Es el momento justo de la muerte frente al cielo. Robert Capa está en ese momento tumbado o dentro de una trinchera, lo que permite un encuadre único. Es la máxima expresión de la sencillez de un instante dramático. Y cerca, muy cerca.

-Estaban haciendo payasadas-dijo él-. Todos estábamos haciendo el tonto. Lo estábamos pasando bien. No había disparos. Bajaban corriendo por la ladera. Yo también corría.
– ¿Les pediste que escenificaran un ataque?- preguntó Mieth.
– En absoluto. Estábamos contentos. Puede que estuviésemos un poco locos.
-¿Y entonces?
– Entonces, de repente, se convirtió en algo real. Al principio no oí el disparo.
– ¿Dónde estabas tú?
– Allí mismo, un poco adelantado y al lado de ellos.

A pesar de esta conversación recogida de su biografía, escrita por Richard Whelan, muchos piensan que no es verdad, que lo que estamos viendo es una actuación del soldado. Que la posición que tiene al caer no es la de un hombre que ha muerto. En el excelente documental La sombra del iceberg de Hugo Domenech y Raúl M. Riebenbauer, tienen la teoría de que es una foto preparada.

Personalmente creo que están en lo cierto. La prueba definitiva para mi es, que cuando se publicó por primera vez en la revista Vu, donde pasó sin pena ni gloria, estaba acompañada por otra fotografía que tenía el mismo encuadre y punto de vista en la que se ve a otro soldado caer muerto, pero en una posición menos elegante. Y ese negativo no ha aparecido en la maleta mexicana. Sospechosamente faltaba uno.


Pero pienso que no es algo relevante descubrir la verdad. Si el momento es real o inventado no cambia ni un grano de la película, pues la imagen ha servido para que todos los que estamos en contra de la guerra tengamos un icono para colgar en las paredes o contemplar en los libros o simplemente recordar. Quien la hizo conocía muy bien la desgracia de la guerra y su intención no era tanto engañar como simbolizar el horror. Y vaya si lo consiguió.

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