Las bellas mentiras de Robert Capa

Robert Capa tendría ya más de cien años. Es uno de los fotógrafos más conocidos de la historia, y uno de los mejores reporteros de guerra. Tuvo una vida mítica, llena de grandes amores, trágicas muertes, aventuras imposibles y bellas mentiras. Es una de las personalidades del mundo de la fotografía más controvertidas y autor de Muerte de un miliciano, el estandarte de la fotografía de guerra que cumple 80 años.

Nació en Budapest en 1913, tierra de algunos de los fotógrafos más importantes del siglo XX, como él mismo, André Kertész, Juan Gyenes, Paul Almásy, Cornell Capa (su hermano), Martin Munkácsi o Brassaï. No era un ser de este mundo, tampoco era un fotógrafo excepcional. Pero tenía muy claro lo que quería hacer en el mundo y cómo podía conseguirlo. Me hubiera encantado conocerlo, desde luego.

En su magnífica autobiografía, Ligeramente desenfocado, publicada por La Fábrica, su hermano Cornell Capa (¿por qué su hermano se puso el mismo apellido ficticio de su hermano?) cuenta en la introducción que la verdadera intención de Robert era ser escritor y codearse con los guionistas, y actrices de Hollywood.

La fotografía llegó por la falta de dinero. Mientras estudiaba en Berlín periodismo, su familia se quedó sin dinero y decidió dedicarse a hacer fotos porque estaba relacionado con las letras. Incluso su autobiografía la escribió como un guion, con el sueño de ver su vida en la gran pantalla. Algo que inexplicablemente no ha ocurrido.

Con su gran amor Gerda Taro ideó el nombre ficticio de Robert Capa

Que yo sepa el personaje Robert Capa sólo aparece una vez en el cine y encima como secundario en una película no estrenada en España de Nicole Kidman, Hemingway y Gellhorn. El papel lo hizo Santiago Cabrera (y puedo que decir que le asesoré yo personalmente en una cafetería del centro de Madrid. No he visto la película, pero confío que lo hiciera bien. Es un actor estupendo).

Una de las bellas mentiras de Robert Capa

Últimamente se habla mucho de su fotografía más famosa, Muerte de un miliciano. Muchos dudan ya que sea la imagen real de una muerte. Demasiado estética, demasiado perfecta, demasiado hermosa. Hay multitud de estudios que demuestran la falsedad de la toma.

Para mi, la prueba definitiva es que la primera vez que se publicó la fotografía en la revista Vu, apareció con otra en las que aparecía un soldado cayendo exactamente en la misma zona, con el mismo encuadre. Mucha, muchísima casualidad.

Muerte de un miliciano

Muerte de un miliciano. Robert Capa

¿Pero es un problema? No, desde luego que no. Esa fotografía se ha convertido en un símbolo contra la guerra. Y es una imagen única, impecable en todos los sentidos. Incluso está trepidada para darle mayor dinamismo.

Muchos quieren hacerse fotógrafos después de contemplarla, y tiene el honor de estar al lado del Guernica en el museo Reina Sofía, el mayor símbolo contra la barbarie. Picasso hizo otra interpretación, y es de lo que se trata en este caso. No me considero traicionado.

Pero Robert Capa hizo mucho más por la fotografía. Entre fiesta y fiesta y disparos espectaculares de las batallas de la Segunda Guerra Mundial, ideó y fundó con algunos de los mejores la agencia Magnum. Nada volvería a ser igual desde entonces. Es la primera vez que los fotógrafos tienen libertad para denunciar y dar a conocer la situación del mundo sin depender del dinero (hoy es otra historia).

Dejó algunas de las fotografías más impactantes de la guerra civil española, aunque personalmente pienso que nunca eclipsó a Agustí Centelles, un fotógrafo español del bando republicano, que por este motivo ha sido injustamente olvidado durante mucho tiempo.

El trabajo del desembarco de Normandía es memorable, aunque estuvo a punto de perderse por las prisas que metió John G. Morris, editor de Life en aquella época, al técnico de laboratorio. No se pueden olvidar los retratos que hizo a sus amados actores de Hollywood… Era un fotógrafo vitalista, que no se regodeaba en sacar la sangre de las batallas que vivió. Huía del sensacionalismo mostrando a las víctimas, no a los muertos, como dice la gran Christine Spengler, otra gran fotógrafa de guerra.

Murió con 40 años en Thai Binh (1954), mientras trabajaba. Una mina se llevó la vida de un hombre que había documentado cinco guerras: la Guerra Civil española, la invasión japonesa de China, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de la Independencia israelí y la Guerra de Indochina.

Hay que recordarle brindando con una botella Magnum. O con un helado del mismo nombre si no bebemos. Y por supuesto ir a una librería o a nuestra biblioteca personal, y disfrutar de las fotografías de uno de los grandes comunicadores del siglo pasado.

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