La fotografía en la guerra (I)

La fotografía en la guerra es uno de los grandes mitos. Hoy en día, cuando un joven adolescente juega con la cámara se imagina como fotógrafo del Playboy, reportero comprometido o fotógrafo de guerra. Extrañamente nadie sueña con ser fotógrafo de producto o de bodas. Pero para ser reportero curtido en mil batallas hay que tener sangre fría y una cabeza a prueba de bombas. Y por lo que cuentan y lo que me imagino, no es nada fácil.

La fotografía de guerra empezó oficialmente cuando Roger Fenton fue destinado a la guerra de Crimea en 1855. En aquellos tiempos hacer fotos no era tan fácil como sacar el móvil y enviar la imagen por internet. Era el momento del colodión húmedo, que exigía llevar el laboratorio a cuestas (y entonces era un carromato de madera arrastrado por bueyes). Además, tenía la obligación de no fotografiar muertos, para no desmoralizar al país y a las familias de las víctimas (el primer ejemplo de censura militar en el mundo de la fotografía). Eso hacía las cosas más difíciles para reflejar una situación de guerra, por lo que se las tuvo que ingeniar para conseguir plasmar el aire de las batallas.

Curiosamente fue enviado para frenar la poca popularidad que tenía el conflicto bélico entre la población civil. El gobierno del Reino Unido fue a la guerra junto con Francia, el imperio otomano y el Reino de Piamonte y Cerdeña para luchar contra el imperio ruso por motivos económicos y estratégicos, aunque lo vistieron de guerra religiosa.

El valle de la sombra de la muerte. Roger Fenton
El valle de la sombra de la muerte. Roger Fenton

Sus fotografías son un portento, sobre todo teniendo en cuenta los largos tiempos de exposición, pero destaca entre todas la popular El valle de la Sombra de la Muerte. Como podéis ver, es un campo destrozado, árido y misterioso donde sólo vemos los restos de la batalla, bombas desperdigadas por el suelo. Es un ejemplo de cómo trasmitir mucho con pocos elementos. Curiosamente, esta forma de representar la guerra es el camino que está siguiendo el gran Simon Norfolk en Afganistán, que no muestra la guerra, sino sus efectos.

De dicha época también tenemos al fotógrafo de la guerra de Secesión americana Mathew Brady, que al juzgar por sus fotografías de muertos en combate, tuvo mucha más libertad de movimientos.

La guerra civil española

Pero la guerra que supuso el verdadero despegue de la fotografía bélica fue la triste, dura e injusta (como todas) guerra civil española. Las Leica y Contax habían aparecido unos años antes y por primera vez no era necesario llevar el trípode encima; además la sensibilidad de las películas había mejorado muchísimo por lo que se podían plasmar acciones rápidas. Por no hablar de la rapidez que suponía hacer 36 fotografías sin cambiar de carrete.

Esta guerra nuestra fue un ensayo en muchos sentidos, y muchos de los que fueron a la II Guerra Mundial se curtieron en tierras españolas. Algunos incluso murieron, como Gerda Taro, la socia de Robert Capa. Pero por primera vez se podía sentir el olor de una batalla, el miedo de un soldado o de una familia bajo la caída de las bombas de los aviones.

Muerte de un miliciano. Robert Capa
Muerte de un miliciano. Robert Capa

Precisamente de la guerra civil española nace la que es la fotografía más famosa de una batalla: Muerte de un miliciano del citado Robert Capa. Creo que da igual si es verdad o es mentira, pero no hubiera sido posible sin la ayuda de la tecnología de entonces. Y al menos es verdad que el fotógrafo estaba allí.

Toda la estética de la fotografía bélica nació aquí, de la mano de los reporteros extranjeros y de la tierra, como el gran Agustí Centelles. Fueron los primeros que sacaron los destrozos, el terror y la ira del pueblo. Ellos acompañaron a los soldados hasta el frente de batalla para que en París o en EEUU supieran cómo iba a ser su futuro.

La II Guerra Mundial

Pero era una guerra entre hermanos, y como ya he dicho, sólo fue un ensayo para la II Guerra Mundial, donde los gobiernos ya son conscientes del poder de la fotografía, y la importancia de la figura del censor, que decide las fotos que se ven o no, en función de la necesidad de animar a las tropas o desmoralizar al enemigo, o poner en contra al pueblo contrario. Pero nunca había que mostrar rostros destrozados. El público tenía que ver que esto era ante todo, algo noble.

Fue la época de las grandes revistas como Life, el momento en el que empezaron a enviar hombres para cubrir todos los frentes con una única premisa: ser los primeros y no enfadar a su gobierno. Los servicios secretos se cuidaban mucho de dejar volver al frente a algún fotógrafo que se creyera más listos que ellos.

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