This film image released by Warner Bros. Pictures shows a scene from "Gravity." (AP Photo/Warner Bros. Pictures)

Sobre la fotografía de Gravity

El Oscar 2014 a la mejor fotografía fue para Emmanuel Lubezki por su trabajo en la película de Alfonso Cuarón, Gravity. Lleva camino de convertirse en una leyenda de la cinematografía, con siete nominaciones y dos premios, además de otros importantes galardones.

Me confieso enamorado del cine. Me encanta ver películas. En la sala de cine, con las luces apagadas y con la seguridad de que el teléfono no va a sonar durante las próximas dos horas, es donde más disfruto de la magia. También me encanta verlas en mi casa, pero la experiencia no es tan gratificante con algunas películas. Gravity hay que verla en el cine. Y en 3D, algo que se puede decir de muy pocas películas.

Emmanuel Lubezki es un director de fotografía mexicano que está alcanzando las más altas cotas de excelencia en su trabajo. Personalmente creo que no hay mácula alguna en su filmografía. Y muchos de sus trabajos merecen estar en las inciertas y relativas listas que tanto gustan a las revistas y a las páginas web. Lo que es seguro es que El árbol de la vida, por ejemplo, siempre estará entre las primeras.

La competición de aquel año 2014 estuvo muy reñida, y sé que no me puedo dedicar a las artes adivinatorias, pues daba por seguro que el premio iba a ser para el trabajo de Philippe Le Sourd en The Grandmaster.

Ya he visto casi todas las películas candidatas de aquel año, y tengo que reconocer que la que se me ha quedado grabada es precisamente la feliz ganadora. Pero tengo un pequeño problema con ella, y con otras películas similares que han conseguido el premio.

El problema de Gravity

La fotografía de esta película es una recreación, es una luz inventada de una situación imposible de grabar con los medios tradicionales. Cuando vemos el making off, lo único que podemos distinguir es a los actores. Lo demás es un inmenso cubo verde en el que crearán, por medios digitales, esa realidad virtual.

Muchos dirán que nunca se ve la realidad en una película, que siempre es una interpretación. Que la luz de las películas de Malick -de nuevo El árbol de la vida– no existe más que durante unos minutos, o que los focos y la película elegida son los que dan la forma al estilo. Pero tienen una base real, no imaginada.

Lo que vemos
Lo que vemos

Por eso creo que tendría que distinguirse, como pasó durante un tiempo con los premios a la mejor fotografía en blanco y negro o en color, la fotografía de creación digital y la fotografía que no se basa al 100% en la recreación digital.

Fue injusto nominar en la misma categoría a Nebraska y a la que tenemos entre manos. No tienen absolutamente nada que ver. Una tiene algunos planos hermosísimos generados por capas y capas de algún que otro programa informático y otra es puro cine clásico -aunque seguro que tiene algún que otro plano digital-.

La cruda realidad
La cruda realidad

Son dos formas distintas de crear lo mismo, una imagen al servicio de la historia que enganche al espectador y les traslade al mundo que imagina el director. Pero en una tienen que esperar o recrear la luz y en la otra todo se lo tienen que inventar. En una es fundamental el diafragma o el contraste y en otra todo depende en el virtuosismo del programa.

No quiero desvirtuar el premio de Lubezki ni decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero sí que debería haber categorías dentro de este premio tan importante. En Nebraska tuvieron que esperar a que la luz que lo inunda todo alcanzará su máximo esplendor durante todo el metraje. En Gravity si querían la tierra de noche abrían una capa; si necesitaban que se viera iluminada por el sol, seleccionaban otra. Es verdad que hay que saber cuándo hacerlo y cómo para que quede realista, pero eso es jugar en ligas distintas, al menos en lo que a fotografía se refiere.

Desde aquí sólo quiero hacer una reflexión y generar un debate. Que se hable de la fotografía en el cine siempre es bueno e importante. Y desde luego me quito el sombrero ante la película de Cuarón, que no sería nada sin el trabajo extremo de Emmanuel Lubezki.

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